Las peluquerías han sido noticia en la des-escalada del confinamiento. Después de tantos días la gente a mostrado como las propias relaciones sociales también crean necesidades. En la formación, educación y adoctrinamiento durante nuestra formación configuramos hábitos y costumbres. También la innata actividad social y socializadora de reunión han puesto a las peluquerías en el foco por ser de los primeros negocios donde podemos re-encontrarnos.
Pero que nos guste reunirnos y mostrarnos guapos es una cosa. Otra muy diferente es perder el buen gusto y ser incapaz de ver lo que es bello o diferenciarlo de lo feo. Además la situación en la que estamos por culpa del corona-virus debería hacernos reflexionar. Deberíamos ser capaces de controlar nuestras emociones y sentimientos. ¿No es así?
Nuestro principal motor de pensamiento son las emociones. Demasiadas veces el sentido común es tan solo una sombra en al actividad humana. La sociedad humana funciona así. No todo es perfecto. No hay nada perfecto. De hecho la perfección es una abstracción humana.

Dibujo de Neymar Jr. y su peinado espagueti
Neymar Jr. y su peinado espagueti

Pero el sentido común nos dice que podríamos y/o deberíamos actuar de un modo más racional y más cuando el mundo está como está. ¿Sentido común? ¿Quién es ese? La vanidad puede ser una de las herramientas que visten a nuestro ego. Un nivel alarmante de esta en nuestra personalidad muestra a veces personajes de lo más pintorescos. Personajes por otra parte seguidos y secundados por un río interminable de «personas» 😆, por decir algo.

El éxito o la perspectiva de él puede ser causa de una repentina subida en el nivel de vanidad. A lo largo de una vida los niveles oscilarán. Y al final de una vida sería posible hacer un informe por escrito de muchas páginas pero sin agobiar y entregárselo a alguna divinidad con cero o ninguna esperanza de ser redimidos por nuestros actos insanos.
También en la competición se muestran altos grados de vanidad.
En resumidas cuentas somos despreciables en un número tal que abruma al total. Por lo tanto después de sumar, restar, multiplicar y dividir lo que nos queda es un universo grotesco de una convivencia que nos esforzamos en interpretar de una manera idealista que difiere mucho de la aplastante realidad.
La vanidad es banal y lo banal es la vanidad de lo sustancial.

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